Mi vida a la francesa

Mi vida a la francesa

Mi vida a la francesa comienza un día frío de noviembre cuando mi vuelo con ruta Caracas – Paris aterriza en la pista 09R del aeropuerto de París, Roissy Charles de Gaulle.

Una mezcla de sentimientos se apoderó de mí cuando bajé del avión, estaba pisando por primera vez tierras francesas. Varias preguntas invadían mi mente, será todo como siempre me lo he imaginado? Paris será verdaderamente mágica como en las películas?  al mismo tiempo pensaba en las escenas de la película “El diablo viste de Prada” cuando la protagonista descubre la magia de la capital francesa.

Pasados los controles migratorios, caminé por un pasillo muy largo que conducía a la correa donde recuperaría mi equipaje. Mis primeras impresiones? Un aeropuerto de aspecto mucho más moderno que el de Caracas, gente muy guapa y bien vestida. Algo me preocupaba mucho y era el frío que hacía afuera, la tripulante de cabina que dio el mensaje de bienvenida al pais y al aeropuerto al aterrizar dijo que la temperatura exterior era de -1°C y yo nunca antes había experimentado tales temperaturas en Venezuela si no eran las veces que metía mi cabeza en el congelador para ver cuánto tiempo aguantaba el frío. Esta vez no solamente mi cabeza iba a estar confrontada a un grado centígrado bajo cero sino todo mi cuerpo.

Parado frente a la correa de equipaje, vi acercarse una maleta parecida a la mía pero ésta no era negra sino marrón… finalmente si era mi maleta, solo que opción número 1) alguien había decidido jugar futbol con ella; u opción número 2) el depósito de una aspiradora explotó en el sótano del avión porque la maleta estaba super sucia de polvo.

Maleta en mano y debía salir del aeropuerto para llegar al centro de la ciudad. Acercándome a la salida cerré los botones del abrigo que me puse incluso antes de bajar del avión, solo espero haber hecho una buena compra, pensé, refiriéndome a este abrigo que había comprado dos semanas antes por mercadolibre.com.ve.

Media hora después ya estaba caminando por las calles de París, el frío no me molestaba tanto siempre y cuando me dejara puestos los guantes, comencé a merodear por la plaza de la Concorde, desde donde podía ver a lo lejos la torre Eiffel, sentía que estaba soñando.

Tour Eiffel

Recorrí toda la avenue des Champs Elysées, vi el arco del triunfo y luego giré a la izquierda para atravesar el 16ème arrondissement y llegar hasta donde me esperaba la gran dama de hierro, la majestuosa torre Eiffel, es un sentimiento indescriptible el que se apodera de tu mente y de tu cuerpo cuando estás delante esa enorme estructura en metal que tanto soñabas ver en persona.

Place de la Concorde

En este momento me sentía cansado del viaje, tenía hambre y mucho frío, aunque la emoción de estar en la capital francesa me hacía un poco olvidar el cansancio.

La primera cosa que comí en Francia fueron los famosos macarons, increíblemente deliciosos, la superficie de la galleta es crocante pero al mismo tiempo se funde en la boca, como un suspirito, lástima que todos los macarons eran de chocolate, no soy muy fan del chocolate pero igual estaban buenos. Una vez probados los macarons, ya tenía como ganas de comer algo salado, eran las 16H00 y me sorprendió mucho conseguir muchos pero muchísimos restaurants cerrados, no quise comer MacDonald’s o cualquier otra comida rápida sino algún plato francés. Lo que conseguí abierto fue una especie de cadena de restaurants bastante clásica donde servían carnes pero por la hora solo estaban sirviendo ensaladas, como no entendía mucho en el menú aparte de chicken salade, fue lo que pedí… gran decepción, la ensalada estaba super amarga, luego entendí que estaba compuesta por ensalada “frisée” que es muy amarga, finalmente me terminé comiendo solo el pollo y el queso que traía la ensalada.

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Paris en 1900 durante la exposición universal.
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